La leyenada del Judoka Catalán en Tsukuba – por José Morales

Como veo que lo estáis pasando muy bien os explicaré una leyenda para que os vayáis motivando en vuestra estancia en Japón.

La primera vez que estuve en Japón, la Universidad de Tsukuba era de las más abiertas, en el sentido de que estaban acostumbrados a recibir visitas de judokas occidentales y que la relación con ellos era fluida y cordial. Teniendo en cuenta que hace 21 años todavía eran pocos los que aparecían por allí para que les atizasen los pequeños judokas de ojos rasgados y que éstos se tomaban como un reto practicar randori con esos aficionados a su deporte nacional.

Pues bien, antes tenían en Tsukuba una sala de trofeos, en la actualidad ya no existe, en la que se podía disfrutar de numerosos diplomas enmarcados, fotos de podiums, diversos lienzos con letras japonesas, retratos de antiguos campeones, bustos de maestros judokas ancianos y una infinidad de objetos y recuerdos que llenaban de orgullo el esfuerzo de los judokas pertenecientes a dicha universidad.

Me llamó la atención una vitrina que ocupaba un espacio central en aquella sala y que seguramente sería el lugar de mayor honor dentro de ella. En el interior de la vitrina pude observar un judogui de una marca familiar y el escudo de un club catalán. Me llamó mucho la curiosidad pensando el por qué dicho objeto ocupaba un lugar de tanto honor dentro de su sala de trofeos…

Estuve preguntando a los judokas más jóvenes por el motivo de este hecho, pero ninguno de ellos me pudo responder, pregunté a los entrenadores más jóvenes pero tampoco me supieron responder y decline hacerlo con los entrenadores más veteranos, no por respeto sino por prudencia, ya que no sabía qué historia podía esconderse detrás de este hecho. Así que decidí esperar a mi amigo Iteya, ya que me hospedaba en su casa y era con quien realmente tenía confianza, pero en esos momentos se hallaba de vacaciones y tuve que esperar dos semanas para satisfacer mi curiosidad.

Resulta que hacía unos años se presentó por el Doyo de Tsukuba un judoka catalán, no os diré el nombre ni el club al que pertenecía, no era un judoka de altísimo nivel, pero sí mostraba pundonor, fuerza, determinación, valentía, habilidades técnicas (para ser occidental) y sobre todo orgullo. Se presentó a los senseis, presentó las credenciales de quien le había recomendado ir a entrenar allí y dejó unas botellas de licor en la sala de entrenadores.

Al día siguiente se presentó en el tatami, observó como los estudiantes de primer año barrían el tatami y preguntó como pudo donde se podía cambiar. Lo acompañaron hasta el vestuario y una vez en el tatami, hizo lo que hacían todos: saludo, breves palabras en japonés, breve carrera con gritos de ánimo en japonés, volteretas de diferentes formas, uchi komis y randoris.

En el randori se empezó a pegar bien, le tiraban pero también tiraba, poco a poco se fue creando más expectación en torno al recién llegado y poco a poco eran más los judokas que querían hacer con él. Llegando al final del entreno le invitó uno de los campeones de Tsukuba, de su mismo peso, y que tenía a sus espaldas varios campeonatos de Japón, medallas el Torneo de París y campeonato del mundo. El randori fue increíble, con varías proyecciones por parte de ambos, aunque la balanza se inclinaba a favor del japonés, en los últimos segundos de randori, nuestro protagonista entró con todo su alma su movimiento especial (uchi mata), fue un poco descontrolado pero la torta al japonés fue considerable, lo único que fruto del descontrol nuestro personaje había picado de hombro contra el suelo sintiendo un pinchazo muy fuerte en la parte de la clavícula, llevándose la otra mano inmediatamente al hombro.

El japonés con el honor herido pidió seguir otro randori más, nuestro héroe con la mano en el hombro intentó hacerse entender de que se había hecho daño, el japonés cegado por la humillación insistía en seguir un randori más, de nada sirvieron las muestras de dolor, seguramente al japonés se le antojaban simuladas para librarse de la consiguiente somanta. Nuestro protagonista hizo lo que pudo, el combate no tuvo más historia, sólo os puedo decir que las veces que lo proyectaron fueron muchas, pero no tardó en levantarse más de dos segundos en todas las ocasiones y que nunca perdió la cara al randori ante el desprecio del japonés cara vez que lo tiraba.

Cuando acabó el entrenamiento, nuestro amigo cogió la bicicleta que le habían prestado, preguntó donde estaba el hospital y se aseguró que llevaba consigo la documentación de la póliza de seguros que había contratado antes de salir de Barcelona…

La intervención fue larga, el hombro estaba fuera de su sitio y había pasado demasiado tiempo así. Ahora, era por la mañana y estaba en una habitación de un hospital donde no conocía a nadie…De pronto se abrió la puerta y entraron el campeón japonés y los profesores más antiguos de la Universidad de Tsukuba. Hubo numerosas reverencias, quizás demasiadas, en un momento dado señalaron la chaqueta del judogui de nuestro héroe que era lo que llevaba puesto cuando llegó al hospital, y que ahora estaba encima de una silla al lado de la cama. Con mucha humildad le pidieron si podían quedarse con la chaqueta de nuestro amigo, éste accedió sin saber muy bien el por qué lo hacían…

A partir de entonces todos los yudocas catalanes son bienvenidos en Tsukuba y ahora ya sé cual es el origen de esa chaqueta de judogui que los japoneses de Tsukuba habían colgado en el lugar honorífico de su sala de trofeos, lástima que ahora no podáis disfrutar de la antigua sala de trofeos…

Comments
  1. Jose
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